viernes, 17 de noviembre de 2017

FILOSOFÍA PARA MI, CAP 9: FILOSOFÍA Y SENTIDO DE LA EXISTENCIA





1.  Una larga introducción

Si hemos reiterado frecuentemente el compromiso de la filosofía con la vida, este capítulo tendrá que cumplirlo con todas las letras.
Ante todo, ¿qué existencia? Venimos de ver la relación entre filosofía y lenguaje. Es increíble la cantidad de veces que hablamos cotidianamente de que tal o cual cosa existe o no, y en tantos sentidos diferentes. Decimos, por ejemplo, que en las selvas hay tigres. Gran parte de la lógica actual tiene un modo muy simple de expresarlo: existe al menos un x tal que x es tigre. Ok. Vamos bien. Después decimos “hay un lápiz en mi escritorio”. También queremos decir con ello que ese lápiz existe. O sea, que “está ahí”, “a la mano” (Heidegger), como una cosa a mi servicio. Tal vez el lápiz se pierda y entonces sea reemplazado por otro, sin problema. Decimos también que tenemos una mascota, que es un perro y se llama Fido. Ok, también queremos decir entonces que Fido existe. ¿Es lo mismo que decir que hay perros, como en el ejemplo de los tigres? Veamos: existe al menos un x tal que x es Fido. Oh! Esto ya lo habíamos visto al final del capítulo anterior. El x que existe es Fido. O sea que existe al menos un Fido tal que Fido es Fido. Mm. La cosa se complica. Además, “al menos un Fido”. ¿Puede haber dos? Dos perros diferentes, si. ¿Dos Fidos?
Pero esto no es nada. En el caítulo anterior habíamos terminado “insistiendo” en que nosotros existimos (yo, tú) independientemente de estas complicaciones. Ok, asumamos, aunque muchos colegas se enojen, un punto de partida cartesiano, aunque renovado. Estoy escribiendo este libro, luego, existo. Tú lo estás leyendo, luego, existes. Bueno, eso espero. Hago mis tareas cotidianas, luego, existo. Llego a casa, luego, existo. Duermo, luego, existo. Me canso, luego, existo. Sufro, luego, existo. De repente tengo una buena noticia, luego, existo. Pienso, luego, existo. Si, también. O sea que existimos. No aisladamente, claro, sino en el entramado de relaciones inter-subjetivas que constituyen nuestro mundo.
No nos vamos a preguntar qué significa que existamos, porque de algún modo ya lo sabemos. No totalmente, claro, o no de tal modo que demos respuesta a las preguntas de mis colegas…. (Y eso: ¿sería saber qué significa existir?), pero al menos nos damos cuenta de que “estar existiendo” es el supuesto básico para todo el “conjunto” de nuestra existencia. Creo que a partir de allí podemos re-enfocar la situación. Qué es existir, ya lo sabemos, y, como ya hemos dicho, no lo sabemos si los filósofos nos preguntan qué es, y hemos llegado también a la conclusión de que en ese caso “in-sistimos” en que “existimos” a pesar de esas preguntas (lo más curioso es que esa in-sistencia en nuestra ex – sistencia te la propone un filósofo. ¿Me quitarán la matrícula mis colegas?). Hay otra pregunta de fondo. Otra pregunta inquietante. ¿Por qué existimos?
Pero antes de seguir adelante, ¿tiene importancia esa pregunta? Alguien podría decir: depende de cada quién. Si, claro, detrás de una pregunta está siempre quién pregunta. Pero lo que yo estoy preguntando es: ¿tiene sentido esa pregunta para todos los seres humanos?
Eso depende, creo, de la importancia que tenga la existencia. Algo que a mí me gusta llamar el compromiso existencial con el otro. ¿Te acuerdas del ejemplo del lápiz? El lápiz que se perdió. ¿Tenía importancia? Bueno, podía tener la importancia de un regalo, o la importancia de un instrumento irreemplazable que yo necesitaba. Pero también podía ser el caso, muy frecuente, de un lápiz barato que compré ayer y perdí. Listo, lo reemplazo por otro lápiz barato. El otro, ¿qué importancia tenía? No sé si me explico. Vamos a dar otro ejemplo, pero al revés. Me llama mi madre, porque necesita mi ayuda. Mi existencia, ¿tiene importancia para mi madre? Si. La existencia de mi madre, ¿tiene importancia para mí? Si. ¿Por qué? Porque yo amo a mi madre y por ende tengo un “compromiso” existencial con ella. O sea: su existencia no me es indiferente.
Sólo a partir de allí tiene importancia la pregunta del “por qué”. Nuestra existencia, ¿nos es indiferente? Bueno, espero que no.
¿Por qué existimos? La pregunta, ¿tiene sentido? Hemos dado un paso: nuestra existencia tiene importancia, y si estamos en un mal día y creemos que no, al menos la de algunos otros. Pero aún así: ¿tiene sentido preguntar por qué existimos?
Alguien me podría decir: ok, si, la existencia de mis seres queridos tiene importancia, pero está bien, así lo vivo y listo. La pregunta por el sentido de la existencia no tiene mucho sentido porque ya la sabemos de algún modo. Esto es, seamos francos: todos sabemos que existimos porque nuestros padres nos engendraron. ¿Y por qué? ¡Bueno! No es necesario ninguna historia en especial para darnos cuenta de que hay un margen de causalidad allí: si no se hubieran conocido………… No existiríamos. Y por ende llegamos a una conclusión que no sé si es buena o mala noticia: existimos de casualidad. Pero esa repentina sorpresa da más fuerza, entonces, a la pregunta anterior. ¿Qué sentido tiene una existencia que existe de causalidad? ¿Cuál es el sentido de la vida, si depende de la causalidad del encuentro de nuestros padres, y de nuestros abuelos, y así hasta un big bang originario que también tiene un margen de casualidad?

2.   El avión existencial

No, no el avión presidencial. El existencial. Ya utilicé en otra oportunidad este ejemplo. Supongamos que hubiéramos nacido en un avión en vuelo, un enorme y gran avión. Supongamos que hace mucho tiempo que está en vuelo y que las generaciones se han sucedido en él. Supongamos también que nadie sabe de dónde despegó originariamente, ni quién lo hizo, y supongamos también que tiene combustible para rato, pero limitado. Dentro del avión, hay para entretenerse, hay profesiones para elegir, porque hay que mantener el avión en vuelo: otro supuesto es que no tenemos dónde aterrizar. Dentro del avión también hay grupos filosóficos y religiosos que dicen tener las respuestas y debaten entre sí. ¿Cabe la pregunta del sentido de todo ello? Creo que sí. Y tal vez hay algún filósofo allí dentro que dice: la respuesta es que no hay sentido. Y listo.
¿Y no estamos, acaso, todos en un pequeño planeta que parece haber surgido también de la casualidad de la evolución cósmica?

3.   La contingencia existencial

Ese es precisamente el punto que estamos “circunvolando” todo el tiempo. Existimos pero podríamos no existir. ¿Qué sentido tiene la existencia entonces?
Cualquiera de nosotros, ¿qué era hace 200 años? Nada. ¿A quién amabas? A nadie. ¿De qué sufrías, de qué gozabas? De nada. ¿Con qué te emocionabas? Con  nada. Esa sucesión de “nadas”, ¿no nos revela algo peculiar de nuestro existir?
Existir, para nosotros, es nacer. Qué novedad. Pero por qué nacemos, ya vemos que no sabemos. O sea: podríamos no haber nacido. ¿Y no será esa una señal definitiva de toda existencia? Los filósofos existencialistas insisten en que tenemos la muerte por delante también. O sea que nuestra existencia parece ser un espacio de misterio entre dos nadas, la de la nada anterior y la de la nada posterior. Entre esas nadas, nada nuestra existencia presente, (perdón Carnap[1] J) como en aguas….. Sin mucho sentido.
La conciencia de la propia contingencia existencial es un paso importante. Heidegger la relaciona con una existencia auténtica. Pero su lenguaje a veces atemoriza. Hemos sido arrojados a la existencia y somos un ser “para la muerte”. Woody Allen piensa igual, pero su sentido del humor es precisamente su “fortaleza” ante la radical contigencia existencial. “Le pregunté al rabino por el sentido de la existencia……………”, dice en una de sus maravillosas películas. Lo habíamos citado en la introducción. “El rabino me dijo el sentido de la existencia. Pero me lo dijo en hebreo. No entiendo hebreo…………..”. ¿Ves? Una broma, precisamente para decirte con anestesia que el sentido de la existencia no tiene respuesta…..

4.  Surge el creyente

Pero entonces aparece la fe. El creyente dice: “¡No!!!! Tengo una buena noticia: la existencia tiene sentido!!!! Hemos sido creados por Dios. No estamos arrojados a una existencia sin sentido, sino creados por El, y llamados por El a vivir eternamente con El”.
Ok. Es una respuesta coherente con el planteo anterior, y que podría dar cualquier creyente en las religiones monoteístas tradicionales (judaísmo, cristianismo, islamismo).
Pero tú me puedes decir: un momento. ¿Por qué coherente? ¿Cómo que coherente? El planteo anterior decía que la existencia no tiene sentido, y el creyente dice que sí la tiene. ¿Dónde está la coherencia?
No, prestemos atención. La pregunta por el sentido de la existencia tendría dos respuestas: que la existencia tiene sentido o que no la tiene. Pero ahora debemos distinguir dos cuestiones que mezclamos un poquito. Una cosa es que el agnóstico diga que la existencia no tiene sentido porque no sabe si hay Dios. Y otra cosa es si la pregunta por el sentido tiene sentido. Eso es diferente, porque en ese caso, un agnóstico que advierte la radical contingencia de la existencia humana, comparte (con el creyente) que esa contingencia da sentido a la pregunta por el sentido. O sea, dada la radical contingencia de la existencia, tiene sentido que nos preguntemos “qué sentido tiene algo así”, para luego contestar “ninguno” o “no lo sabemos”. No es la misma respuesta, claro: la segunda es más coherentemente agnóstica.
Cuando el creyente decía “no”[2], no decía “no” a la radical contingen­cia de la existencia. Al contrario, la afirma absolutamente, porque di­ce que hemos sido creados por Dios. O, mejor dicho, que estamos siendo creados por Dios. Justamente, “podríamos no haber sido” y es Dios quien decide que seamos, no nosotros. La contigencia de nuestra existencia implica que estamos colgados sobre la nada, y es Dios quien sostiene la cuerda. Podría soltarla. En eso cree el creyente cuando dice “creación”: en un “sostén” por parte de Dios a nuestra existencia que de por sí no se sostiene. En ese caso, hay también una distinción adicional, que ahora debemos marcar: el paso de una contingencia biológica (“podría no haber nacido”) a una contingencia existencial, más abarcadora (“yo podría no haber sido, y todo podría no haber sido”). Como ves, la contingencia del creyente es aún más radical, y por eso más radical su fe en Dios que sostiene en el ser a lo que radicalmente no se explica por sí mismo. Por supuesto, puede haber un creyente que a su vez incluya con toda sencillez, en el diseño de la creación, a todas las casualidades de este mundo (la historia de nuestros padres, también). Santo Tomás de Aquino fue muy claro en eso (yo estoy de acuerdo con él pero no es el momento de tratarlo).

5.   La sorprendente coincidencia

¿En qué coinciden, por ende, un agnóstico y un creyente sobre la vida humana? En su total contingencia. Por eso coinciden, también, en que la pregunta por el sentido tiene sentido[3]. La respuesta, claro, es diferente. Para unos, la respuesta es que “no hay” sentido o que “no se sabe” (ambas respuestas se mezclan). Para otros, la respuesta es que sí hay sentido, y es Dios. Pero lo interesante es que un agnóstico que haya captado la contingencia de la existencia jamás pondrá en la existencia misma su sentido. No la pondrá como respuesta, sino como interrogante. No será una premisa, sino una curiosa conclusión sin premisas a la vista. La contingencia, la radical contingencia de la existencia, es el punto de intersección entre creyentes y no creyentes. La filosofía, por ende, si algo puede ayudar a ambos, es a que vean ese punto de intersección. Se darán cuenta de que ambos se tomaron en serio la pregunta por la existencia, que no han evitado el bulto, y que no han puesto sus esperanzas donde no las hay.

Bibliografía y filmografía recomendada

w  Blorkman, S.: Woody por Allen; Plot, Madrid, 1995.
w  Schickel, R.: Woody Allen por sí mismo, Robinbook, Buenos Aires, 2005.
w  Allen, W.: Zelig, 1983.
w  Heidegger, M.: Ser y tiempo, Editorial Universitaria, Chile, 1998; Introducción, traducción y notas por Jorge Eduardo Rivera C.
w  Unamuno, M. de: Del sentimiento trágico de la vida, Companía Argentina de Editores, Buenos Aires, 1962.
w  Welte, B.: El hombre entre lo finito y lo infinito; Guadalupe, Buenos Aires, 1983.
w  Fabro, C.: Drama del hombre y existencia de Dios; Rialp, Madrid, 1977.
w  Sciacca, M.F.: Historia de la filosofía, Luis Miracle, Barcelona, 1954: introducción.
w  Santo Tomás de Aquino: Suma Contra Gentiles, libro III.



[1] Filòsofo neopositivista que se enojaba mucho frente a frases de Heidegger tales como “la nada nadea”….
[2] “Pero entonces aparece la fe. El creyente dice: “¡No!!!! Tengo una buena noticia: la existencia tiene sentido!!!!
[3] “….Para empezar, los denominados –es un tèrmino ya muy manido- temas existenciales en mi opinión siguen siendo los ùnicos temas que vale la pena tratar. Cada vez que se trata otros temas se està rebajando los objetivos. Uno puede apuntar hacia cosas muy interesantes, pero para mì no es lo màs profundo. No creo que se pueda aspirar a mayor profundidad que a los denominados temas existenciales, temas espirituales”. Woody Allen, en Blorkman, S.: Woody por Allen, Plot, Madrid, 1995, p. 167.

domingo, 12 de noviembre de 2017

DEL PASADO CULPÓGENO AL PASADO REDENTOR, DEL PASADO REDENTOR AL PRESENTE REPARADOR (Un análisis filosófico y psicológico de Another Wooman de Woody Allen).





En 1991 habíamos hecho ya un análisis de la película Another Wooman de Woody Allen de 1998. De ese análisis mantenemos esta síntesis:

“…El personaje principal es Marion Post. Es profesora de filosofía. Una colega. (Qué interesante!). Ha cumplido sus 50 años. En su profesión ha sido exitosa.. Es una excelente profesional; lo sabe y parece estar conforme con su vida. Está casada con un afamado cardiólogo (Ken). Tiene un hermano, Paul. Y su padre acaba de enviudar.
Marion ha alquilado un departamento para poder dedicarse a escribir un libro, tarea para la cual goza de una licencia.
Comienza a trabajar, normalmente. Pero, en un determinado momento, escucha voces. No, no venían de la calle. Provenían del departamento contiguo; el sonido se filtraba a través de un sistema de ventilación. Y se podían escuchar cómodamente todas las conversaciones.
Claro, el detalle era que se trataba nada menos que del consultorio de un psicoanalista. Marion tapa con determinación -y con almohadones- el sistema de ventilación, diciéndose a sí misma que los detalles íntimos de muchas personas podrían resultar muy interesantes, pero no para ella en su situación.
Un día se queda dormida sobre sus papeles. Pero se despierta extrañada. Los almohadones se habían corrido y Marion podía escuchar claramente la voz de una paciente. Su relato y el tono de su voz eran absolutamente angustiantes. Revelaban un sufrimiento interior profundísimo. Marion se queda profundamente impresionada. Espera a que la sesión termine para observar sigilosamente de quién se trata, desde su puerta. Era una mujer joven. Y embarazada.
Pero no será la última vez que Marion escuche esa voz. Sin advertirlo, se irán despertando dentro suyo ciertas angustias dormidas, en ocasión de escuchar las ajenas. La siguiente vez oye la angustia de esa mujer por su situación matrimonial. Había habido otro hombre, antes. Marion recuerda también a otra persona. Larry Lewis, un amigo de su actual esposo, le había declarado apasionadamente su amor antes de que ella concretara con Ken. Marion había luchado entonces con sentimientos encontrados. En cierto modo, había tratado de convencerse a sí misma de que amaba más a Ken que a Larry. Y a éste le había dicho, refiriéndose al primero: es un hombre maravilloso, y un magnífico médico. Es culto, honorable, y me gusta estar con él. Me encanta leer libros con él.
El período de licencia de Marion sigue transcurriendo. En una determinada oportunidad va a visitar a su padre. En la conversación, Marion le cuenta sobre las dificultades en el matrimonio de Paul. Su padre contesta despectivamente. Paul siempre había sido un problema para él: no había querido seguir la exitosa vida de negocios que le había propuesto. La visita es también ocasión para que Marion actualice viejos recuerdos. Por ejemplo, su amiga Claire, su íntima amiga de juventud, a quien no veía hace muchos años.
Al volver, Marion ve a la misteriosa paciente de su psicoanalista contiguo, saliendo de su casa. Intenta seguirla, caminando, pero la pierde, justo frente a un teatro. Pero allí se encuentra, casualmente, con su amiga Claire -que es actriz- junto a su esposo. Marion no lo puede creer. Está contenta por el reencuentro. Propone ir a tomar un café. Claire duda. El marido acepta.
El reencuentro no concluye del todo bien. Claire termina reprochando amargamente a Marion, con gran resentimiento y rencor, por un amor de juventud que, supuestamente, Marion le había hecho perder. Marion niega la amarga acusación y queda demudada.
En la soledad del departamento que había alquilado, el inconsciente de Marion trabaja de manera intensa. Lentamente recuerdos y angustias guardados por muchos años van aflorando a la conciencia. Todo esto, concomitante a situaciones donde Marion advierte que su matrimonio con Ken ya casi no funciona. No por agresividad, sino por falta de la pasión correspondiente a todo genuino amor entre varón y mujer.
Marion se ve sorpresivamente inundada de estos sentimientos. Lentamente, advierte la fuente de algunos roces con relaciones, parientes y amigos. Se imagina una situación donde la hija de su marido le reprocha juzgar mucho a las personas. Marion va entonces a visitar a su hermano. Le pide que sea franco con ella. Paul le dice entonces que, fundamentalmente, ella lo hacía sentir avergonzado. Marion se asombra. Pero no lo contradice.
Evidentemente, toda una serie de relaciones afectivas, no precisamente bien planteadas, afloran a la conciencia de Marion, que se siente abrumada por esa inesperada angustia. Para colmo, y bien paradójicamente, en una cena con amigos, una persona, desde una mesa contigua, le dice a Marion que había sido su alumna hace 20 años. La elogia intensamente como profesora, y le dice incluso que ella había cambiado su vida. El sentimiento de Marion es comprensible. Ella había podido orientar bien la vida de otros, pero no la propia. Algo más frecuente de lo que suponemos. Pocos somos buenos jueces en causa propia. Pero ese elogio llega en un momento muy particular de su existencia, en el cual resuenan intensamente los instantes finales de una antigua poesía alemana, que Marion leyera en su juventud:
"Desde aquí no hay lugar en el que no te vean; tú debes cambiar tu vida".
Marion vuelve a la soledad de su departamento. Su libro avanzaba poco, contrariamente a la intensidad de su angustia. La veremos con los ojos fijos en el enrejado de la ventilación de la habitación, que parecía conectarla, no ya con el otro cuarto, sino con una parte muy profunda de sí misma. Otra mujer, tal vez.
Es entonces cuando Marion tiene un sueño. Este sueño es clave. Despiadadamente significativo. Tiene varias fases. En la primera, se dirige al departamento de su vecino psicoanalista, y conversa con él sobre la mujer embarazada. Entonces él le pide disculpas, porque tiene otro paciente. Y ante la mirada atónita de Marion, entra su padre.
"Ahora que mi vida llega a su fin -dice- sólo tengo cosas de que arrepentirme. Arrepentirme porque la mujer con quien compartí mi vida, no es la que amé más profundamente. Arrepentirme de que si no hay amor entre mi hijo y yo, es por mi culpa. Arrepentirme de haber sido muy severo con mi hija. Le exigí demasiado y no le di suficiente sentimiento. Pero yo era muy infeliz".
En una segunda fase, entra en un teatro. La mujer embarazada le hace de guía. Su amiga Claire la personifica a ella, y el esposo de Claire dirige. Se representan así diversos episodios de la vida de Marion. Primero, se dramatiza su situación matrimonial. Discute con su marido sobre la falta de relaciones, desde hace mucho. Pero la Marion allí representada es mucho más enérgica y temperamental. Segundo, tiene una conversación con Larry. Este se había casado. Pero la recuerda con afecto. Le dice que ha escrito una novela y la ha representado en uno de sus personajes bajo el nombre de Elenka. Larry era feliz. Marion sigue comprobando que ella no.
Tercero, recuerda el suicidio de su primer esposo, Sam, que había sido su profesor siendo un hombre mayor que ella.
Al día siguiente, Marion se encuentra en una tienda de antiguedades con la mujer embarazada. Esta vez no es un sueño. Marion la invita a almorzar. Su intención es saber más de su peculiar y ocasional vecina, pero el resultado es el contrario. Marion habla de sí misma más de lo que tenía pensado. En esa ocasión, dice que le habría gustado tener un hijo. Y recuerda entonces, para sí misma, que, habiendo quedado embarazada con Sam, había abortado voluntariamente, lo cual produce amargos reproches por parte de Sam y la posterior separación.
Durante ese almuerzo, además, sucede algo importante. Ve a su amiga Lydia almorzando. Pero cuando se acerca, descubre lo está haciendo con Ken. Ambos están tomados de la mano. Y no advierten la presencia de Marion.
Esa tarde, Marion regresa a su departamento, sumida en una gran confusión y angustia. Pero sucede algo más. Vuelve a escuchar a la mujer con la que había almorzado.
"Hoy conocí a una mujer muy triste -escucha Marion a través del famoso tubo de ventilación-. Uno pensaría que ella lo tiene todo. Pero no, no tiene nada. Realmente me asustó. Porque sentí que no podía detenerme. Que los años pasaban y yo terminaría igual. Ella no se permite sentir. Y entonces lleva una vida fría y cerebral. Y enferma a todos los que están a su alrededor. Ya hablamos de esto antes. De cómo sólo oigo y veo lo que quiero. Eso es lo que ella hace. Ella fingió por mucho tiempo que todo está bien. Pero es claro que está perdida. Tuvo un aborto hace años, del cual se arrepiente. Lo racionaliza de muchas maneras. Creo que tenía miedo de lo que podría haber sentido por el bebé. Es una mujer brillante, muy inteligente. Pero no como yo. No lo sé. Las emociones siempre me avergonzaron, Ud. lo sabe. Huyo de los hombres porque la intensidad de sus pasiones me da pánico. Los sentimientos profundos no pueden estar encerrados mucho. No quiero llegar a esa edad y encontrar que mi vida está vacía".
Marion llora amargamente.
Con movimientos pausados y melancólicos llega a su casa y se encuentra con Ken. Este le desea feliz aniversario. Pero Marion le cuenta tranquilamente lo que vio. Ken intenta defenderse diciendo que es algo pasajero. Marion recuerda que de igual modo comenzaron ella y Ken: cometiendo adulterio. Finalmente, Marion dice:
"Siento pena por ti, porque a tu modo, has estado tan solo como yo"
"¿Estuvimos solos?"
"Al menos, yo lo reconozco".
Lentamente, pero con decisión, Marion se decide a levantar las piezas rotas de su vida, habiendo tomado conciencia de que lo estaban. Visita nuevamente a su hermano -quien parece haberse reconciliado con su esposa- y le comunica que se separará de Ken. Y le pide a Paul que la deje estar más tiempo con él. La mirada de Marion es comunicante. Y su hermano la acepta.
Sentada nuevamente en su departamento, sin voces que se escucharan a través de la pared, Marion lee aquella parte de la novela de Larry en la que se habla de ella bajo el nombre de Elenka. Una parte dice así:
Yo ya sabía que ella era capaz de una intensa pasión, si tan sólo se permitía sentir.
Marion se queda mirando a la lejanía. Siente entonces una extraña mezcla de nostalgia y esperanza. Y se dice a sí misma:
"Por primera vez en un largo tiempo, me sentí en paz".

Pero ahora hemos cambiado el análisis.
Nuestro update se divide en tres partes: diagnóstico, etiología y terapéutica.
1.      Diagnóstico.

1.1. Marion está encerrada en una negación del volcán profundo que se agita en su interior. Aferrada a un ideal de yo que no responde a sus conflictos afectivos, hace como que no existieran, inconscientemente. Aparentemente nada es capaz de despertarla.

1.2. La elección el sujeto sexo-afectivo está marcada por esta problemática. Larry era el sujeto pasional. Ken es un sujeto no pasional que no problematiza a sus volcanes interiores. Opta consiguientemente por Ken.


1.3. Desde la negación inconsciente de sus volcanes interiores, Marion se convierte en la mujer racional que juzga a los demás, que da consejos, que soluciona los problemas de los otros, que cambia la vida de los otros.

2.      Etiología.

2.1. Neurosis de angustia (Freud)
Freud ha explicado muy bien que en la evolución de nuestro aparato psíquico, la pulsión de vida, indiferenciada al principio, se va diferenciando entre el amor de ternura, dirigido a padres, hermanos y amigos, cortado hacia su fin sexual, y el amor sexual hacia la futura pareja exogámica. Por supuesto, puede haber problemas en el proceso de diferenciación, y evidentemente Marion los tuvo. Un neurótico relativamente normal logra no rechazar la pulsión sexual (ahora no sólo de vida) hacia el sujeto sexual exogámico. Pero Marion no lo logra. No puede redireccionar su pulsión sexual hacia su pareja, no puede manejar la intensidad de esa pasión, y al no poderla manejar, la niega. La negación funciona al principio pero le produce una angustia latente que será despertada precisamente por la voz de la habitación contigua, que es de la otra mujer que en realidad es ella misma. Esa negación de su pasión sexual se convierte a su vez en un duelo consigo misma no superado, que es tapado por el beneficio secundario de la enfermedad (el ideal del yo convertido en el imaginario de sí misma).

2.2.Neurosis noógena (Frankl).
El ideal del yo –la mujer serena, racional- convertida en la imagen de sí misma, la va sumergiendo en una existencia in-auténtica (Hiedegger). NO es que su vocación (la literatura y filosofía alemanas) sea in-auténtica. Lo que es in-auténtico es esa mujer serena y sabia que ella cree que es. Eso la sumerge en un desconocimiento de su yo auténtico (yo, ahora, en el sentido de Frankl) con una angustia latente por la falta de sentido de su existencia, angustia que agregada a la anterior, despertará cuando se escuche a sí misma en la otra mujer.


3.      Terapéutica.

3.1.Situación límite.

Toda esta película (igual que Alice, ya comentada) es un símbolo de lo que sería una terapia dirigida profesionalmente, donde ella debería ir des-cubriendo, no sin dolor, a esa mujer dormida que habitaba en su interior. Pero, como mucha gente, Marion está tan sumergida en el beneficio secundario de su enfermedad,  que sucede lo habitualmente peor: de ninguna manera considera ni se le ocurre hacer terapia. Pero, gracias a Dios, una situación límite (Jaspers) inesperada, la despierta. La voz de la otra mujer.

¿Por qué esa voz le produce una angustia tan intensa, reflejada en la foto que hemos subido? Porque el inconsciente –como hemos dicho- es poderoso. Marion no estaba tan enferma como para no escuchar en otra voz lo que ella no podía escuchar en sí misma.

A partir de allí, todos los recuerdos que la van invadiendo –todo ese volcán tapado que, con sufrimiento de su consciente, va emergiendo y haciéndose visible- son los recuerdos que hubieran aflorado en una terapia. O sea, son ese “dar la palabra al sentir” que hubiera sido manejable en la intimidad de un tratamiento. Ahora, sin embargo, interrumpen su vida, interrumpen la escritura de su libro, alteran –por suerte- la relación falsa con Ken. Larry, Claire, su primer matrimonio con su profesor, su aborto, la relación con su hermano, con su padre –que le graba sus mandatos familiares- todo va emergiendo con la conciencia paulatina de que estuvo mal manejado y rodeado de decisiones inauténticas. Marion se resiste, intenta seguir siendo la que no era, hasta que, nuevamente, por la voz de la otra mujer escucha la lapidaria descripción de sí misma:

“…"Hoy conocí a una mujer muy triste  Uno pensaría que ella lo tiene todo. Pero no, no tiene nada. Realmente me asustó. Porque sentí que no podía detenerme. Que los años pasaban y yo terminaría igual. Ella no se permite sentir. Y entonces lleva una vida fría y cerebral. Y enferma a todos los que están a su alrededor. Ya hablamos de esto antes. De cómo sólo oigo y veo lo que quiero. Eso es lo que ella hace. Ella fingió por mucho tiempo que todo está bien. Pero es claro que está perdida. Tuvo un aborto hace años, del cual se arrepiente. Lo racionaliza de muchas maneras. Creo que tenía miedo de lo que podría haber sentido por el bebé. Es una mujer brillante, muy inteligente. Pero no como yo. No lo sé. Las emociones siempre me avergonzaron, Ud. lo sabe. Huyo de los hombres porque la intensidad de sus pasiones me da pánico. Los sentimientos profundos no pueden estar encerrados mucho. No quiero llegar a esa edad y encontrar que mi vida está vacía".

Y a eso se suma el descubrir que Ken tenía una relación con su conflictiva amiga Claire.

Allí, entonces, Marion se deja vencer. Ya no puede sostenerse. Toma conciencia de sus conflictos. Pero ese momento, que en una terapia es delicado, porque hay que “sostener” al paciente, Marion lo tiene que vivir en su soledad. Eso nos lleva al siguiente punto:

3.2. Manejo del duelo.

Todas esas mal encaradas relaciones de su pasado –su padre, su hermano, Larry, Claire, su primer esposo, su hijo muerto- son ahora duelos que hay que duelar. Esta es la principal razón por la que muchos pacientes y otras terapias no quieren volver al pasado: porque obviamente no se puede cambiar. Pero entonces son como muertes cuyo duelo hay que elaborar. ¿Pero cómo se elaboran esos duelos?

3.2.1.      El pasado culpógeno.

Uno es el pasado culpógeno. El paciente se deja condenar a sí mismo. Quiere casi matarse, colgarse de los pulgares, por una culpa que lo aplasta y de la cual no sabe cómo salir. Un momento muy peligroso, y una de las principales razones por la que muchos no quieren de ninguna manera reflexionar sobre sí.

3.2.2.      El pasado redentor.

Pero la alternativa realmente terapéutica es saber comprenderse a sí mismo. “Comprender”: un acto de inteligencia sobre sí al que la razón instrumental no nos prepara. Sabemos calcular, planificar, ser eficientes, repetir paradigmas, pero no sabemos comprendernos, ni a nosotros mismos ni a los demás. Comprendernos implica advertir los límites personales, el nivel de conflicto que teníamos cuando tomamos esas decisiones que ahora tanto nos atormentan. Y comprender por ende que ello fue lo que pudimos hacer dada la poca conciencia de lo inconsciente con la cual apenas “decidimos”. Ello implica auto-perdonarnos. No, no éramos un ángel maligno y casi omni-sapiente. Eramos pobres seres humanos sumergidos en conflictos no resueltos, en neurosis desconocidas, en la ignorancia de sí. Calma. Perdónate.

Pero entonces, sí podemos comenzar de vuelta, porque entonces pasamos del pasado redentor al presente reparador.

3.2.3.      El presente reparador implica que, al perdonarnos, podemos ahora tomar a ese pasado como un aprendizaje para la situación presente y “reparar”: o sea, decidir en la situación presente con el saber de nosotros mismos, con el perdón de nosotros mismos y, por ende, con el perdón a los demás. Porque ahora sí que comprendemos a los demás, al verlos como iguales en el dolor y los límites. Entonces “reparamos”. Marion decide aceptar su soledad. Su relación con Ken era inexistente. No era un matrimonio que reparar, era un adulterio sin siquiera la disculpa de una pasión originaria. Lee la novela de Larry y acepta cómo Larry la ve y la recuerda con afecto. Imagina a su padre pidiendo perdón. Y, lo más importante, vuelve al afecto que aún puede continuar: su hermano. Ya no lo juzga. Ya sólo tiene que amarlo y nada más.


4.      Conclusión.

El “caso” Marion Post no es ni ficticio ni fáctico: es un símbolo, magníficamente escrito por la genial pluma de Woody Allen, que nos muestra el final feliz (poco frecuente) de lo que es una situación límite que nos golpea de repente. No queríamos escuchar nuestra voz pero el inconciente escucha: otra voz. Y lo que teníamos sellado por la puerta entra por otra ventana existencial con la fuerza de un huracán imposible de detener.

Nos muestra también la necesidad de una terapia preventiva. Es bueno pasar esta película ante gente joven, que no ha llegado ni a los 25, para que tomen conciencia de que si no se analizan a sí mismos desde ahora, si no van permitiéndose minis-terapias sobre sus por ahora mini-conflictos, pueden terminar como Marion, y a veces la cuestión ya no tiene solución plausible.

Nos muestra también esa relación entre el pasado y el presente. Si, el pasado no se puede cambiar, pero se puede cambiar, sí, de culpógeno a redentor. Y el pasado redentor da pie al presente reparador.

Y nos muestra, finalmente, algo que también hemos dicho varias veces: que la oposición entre Freud y Frankl es falsa. Una terapia psicoanalítica sobre los conflictos sexo-afectivos puede ser condición necesaria aunque no suficiente para
renovar el sentido de la propia existencia. En ese caso hay que diferenciar dos yo: el yo como el malabarista entre el ello y el super-yo, en la segunda tópica freudiana, y el yo como el centro más íntimo del alma, cuyo develamiento progresivo nos hace tomar sentido de nuestra vida.


Porque, finalmente, nuestra vida no debería ser más que las alas desplegadas del yo, de ese yo. “Debería”, sencillamente porque somos ese yo. Desplegar sus alas, ser lo que somos, es el desafío de toda existencia.

domingo, 5 de noviembre de 2017

MÁS SOBRE EL DIÁLOGO CON NUESTROS HERMANOS PROTESTANTES


(De mi "Comentario a la Suma Contra Gentiles").

Todos sabemos que en el s. XVI católicos y luteranos tuvieron como punto teológico de discordia si el ser humano se salvaba por la fe o también por las obras, como si la primera dependiera de la gracia de Dios pero “no tanto” las segundas. Esa diferencia no tiene razón de ser. Las “obras” del que recibe la Fe ya son las obras de quien recibe la Fe, la Esperanza y la Caridad, y por ende todas las obras del creyentes son meritorias porque si están en el orden de la Caridad, son fruto de la gracia y por eso son “meritorias”. Puede haber actos moralmente buenos sin la gracia, pero no son meritorios. Que esos actos buenos sean tenidos en cuenta por Dios dependerá de la búsqueda sincera de la verdad por parte de quien carece de la gracia de Dios, búsqueda que ya está dentro de una gracia actual.
Por ende, a esta altura, el tema de la gracia iguala a protestantes y católicos no en algo periférico, sino en algo fundamental, sobre todo al lado de ese pelagianismo práctico en el cual viene muchos cristianos, ya sea por falta de Fe, o por falta de formación que los hacen caer en los diversos neo-gnosticismos de la new age. Cuando decimos “protestantes” nos referimos a los originados en esta tradición lutarana. Esto se ve claramente en la “Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación”, que el Vaticano firma con teólogos luteranos en 1999[1]. A efectos de lo visto y de lo que estamos diciendo, reproduciremos algunos números:

“…15. En la fe, juntos tenemos la convicción de que la justificación es obra del Dios trino. El Padre envió a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores. Fundamento y postulado de la justificación es la encarnación, muerte y resurrección de Cristo. Por lo tanto, la justificación significa que Cristo es justicia nuestra, en la cual compartimos mediante el Espíritu Santo, conforme con la voluntad del Padre. Juntos confesamos: «Solo por gracia mediante la fe en Cristo y su obra salvífica y no por algún mérito nuestro, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones, capacitándonos y llamándonos a buenas obras».[11] 16. Todos los seres humanos somos llamados por Dios a la salvación en Cristo. Solo a través de Él somos justificados cuando recibimos esta salvación en fe. La fe es en sí don de Dios mediante el Espíritu Santo que opera en palabra y sacramento en la comunidad de creyente y que, a la vez, les conduce a la renovación de su vida que Dios habrá de consumar en la vida eterna. 17. También compartimos la convicción de que el mensaje de la justificación nos orienta sobre todo hacia el corazón del testimonio del Nuevo Testamento sobre la acción redentora de Dios en Cristo: Nos dice que en cuanto pecadores nuestra nueva vida obedece únicamente al perdón y la misericordia renovadora que de Dios imparte como un don y nosotros recibimos en la fe y nunca por mérito propio cualquiera que este sea”.

Como vemos, estos pasajes (ver sobre todo las partes subrayadas por nosotros) muestran claramente el acuerdo fundamental sobre el carácter gratuito de la salvación del hombre, fruto de la gracia de Dios. Sobre el famoso tema de la fe y las obras, se aclara:

“…37. Juntos confesamos que las buenas obras, una vida cristiana de fe, esperanza y amor, surgen después de la justificación y son fruto de ella. Cuando el justificado vive en Cristo y actúa en la gracia que le fue concedida, en términos bíblicos, produce buen fruto. Dado que el cristiano lucha contra el pecado toda su vida, esta consecuencia de la justificación también es para él un deber que debe cumplir. Por consiguiente, tanto Jesús como los escritos apostólicos amonestan al cristiano a producir las obras del amor. 38. Según la interpretación católica, las buenas obras, posibilitadas por obra y gracia del Espíritu Santo, contribuyen a crecer en gracia para que la justicia de Dios sea preservada y se ahonde la comunión en Cristo. Cuando los católicos afirman el carácter «meritorio» de las buenas obras, por ello entienden que, conforme al testimonio bíblico, se les promete una recompensa en el cielo. Su intención no es cuestionar la índole de esas obras en cuanto don, ni mucho menos negar que la justificación siempre es un don inmerecido de la gracia, sino poner el énfasis en la responsabilidad del ser humanos por sus actos.  39. Los luteranos también sustentan el concepto de preservar la gracia y de crecer en gracia y fe, haciendo hincapié en que la justicia en cuanto ser aceptado por Dios y compartir la justicia de Cristo es siempre completa. Asimismo, declaran que puede haber crecimiento por su incidencia en la vida cristiana. Cuando consideran que las buenas obras del cristiano son frutos y señales de la justificación y no de los propios «méritos", también entienden por ello que, conforme al Nuevo Testamento, la vida eterna es una «recompensa» inmerecida en el sentido del cumplimiento de la promesa de Dios al creyente (véase fuentes de la sección 4.7).

Finalmente, sobre el misterio de la relación entre libertad y gracia:

“ …20. Cuando los católicos afirman que el ser humano «coopera", aceptando la acción justificadora de Dios, consideran que esa aceptación personal es en sí un fruto de la gracia y no una acción que dimana de la innata capacidad humana. 21. Según la enseñanza luterana, el ser humano es incapaz de contribuir a su salvación porque en cuanto pecador se opone activamente a Dios y a su acción redentora. Los luteranos no niegan que una persona pueda rechazar la obra de la gracia, pero aseveran que solo puede recibir la justificación pasivamente, lo que excluye toda posibilidad de contribuir a la propia justificación sin negar que el creyente participa plena y personalmente en su fe, que se realiza por la Palabra de Dios”.

Todo esto es totalmente compatible con todo lo que hemos visto sobre el tema de providencia, libre albedrío y gracia en ST. La reflexión adicional es: si esto es así, ¿por qué seguimos separados? Todo el justificado enojo de Lutero contra Roma se hubiera manejado de otro modo con los usos actuales de la Iglesia actual, y hubieran impedido las exageraciones doctrinales en las cuales Lutero habría incurrido (en ppio., negación del libre albedrío, corrupción total de la naturaleza humana después del pecado, la negación de la transubstanciación, negación del primado de Pedro y de seis de los siete sacramentos). Quiero decir: todo ello no fue la esencia de lo bueno de Lutero. Lo bueno de Lutero fue su rechazo a la corrupción dentro de Roma y un recordatorio de la primacía de la gracia, como buen monje agustino. Si las cosas se hubieran manejado de otro modo, Lutero hubiera sido hoy uno de los grandes reformadores católicos, como en su momento lo fueron San Francisco y Santo Domingo. Y en la Iglesia sí se puede volver al pasado: porque si hay acuerdo en lo fundamental, no hay motivo para estar separados. ¿Cuál es el problema del libre albedrío, en la medida que esta declaración conjunta lo afirma? ¿Cuál es el problema con la transubstanciación? Es totalmente razonable que Cristo haya querido estar realmente con nosotros siempre, mediante la renovación in-cruenta de su sacrificio. ¿Cuáles son los problemas de los cinco sacramentos restantes? Corresponden precisamente al desarrollo de la vida de la gracia, gracia sin la cual no hay cristianismo. ¿Cuál es el problema con el orden sagrado? Precisamente la participación en la gracia de ser sacerdote, profeta y rey de Jesucristo no lo niega como único mediador entre Dios y los hombres, precisamente porque ese único mediador hace participar realmente en la gracia de su mediación y de ese modo muetra de modo más intenso la necesidad de su gracia. ¿Cuál es el problema, entonces, con el sacramento de la Reconciliación? Por lo demás, la sabiduría psicológica de ese sacramento es única: el creyente es el que se acusa a sí mismo, nadie lo acusa de nada sino él, el sacerdote lo puede salvar de un falso escrúpulo y evita (justamente) que el creyente tenga la tentación de auto-salvarse a sí mismo en un diálogo secreto con Dios que dada la naturaleza humana da para todos los autoengaños posibles. Por lo demás, la Reconciliación muestra más la necesidad de la gracia, no porque rechace las sanas y necesarias terapias psicológicas sino porque es una muestra de que de estas últimas no puede surgir la gracia de Dios. Y de la confirmación, la unción y la extra-unción, ni qué hablar como vivencias permanentes de la gracia de Dios en toda la vida del cristiano….
Lo que quiero decir: de la necesidad de la gracia para la salvación, tema común a católicos y luteranos, surgen “como el valle de la montaña” los otros seis sacramentos porque ellos son los medios, precisamente, para la recepción de la gracia, dejando en las manos de Dios, obviamente, los medios extra-ordinarios para su recepción, pero sea de un modo u otro, la gracia siempre es necesaria….
Y finalmente, ¿cuál es el problema con el primado de Pedro? Es totalmente razonable que Jesucristo dejara una hermenéutica sobre-natural de las Escrituras, porque de no ser así, habría tantos cristianismos como cristianos hubiera. Más allá de esto, si los católicos han exagerado y abusado de la infalibilidad pontificia, problema nuestro, de los católicos, y no de los protestantes, que cuanto más rápído resolvamos nosotros más rápido podrán ellos verlo claro; pero lamentablemente creo que pasará mucho tiempo antes de que los católicos dejemos de ver en Pedro un monarca temporal absoluto que tiene que hablar, decir, hacer y deshacer absolutamente y directamente de toda cuestión humana que pudiera surgir.
Lo que quiero decir: no hay motivos para estar separados, más allá de un pasado que no se puede negar, pero sí curar. Y los católicos haríamos bien en recordar, como sucede en Hechos, 15, que “…el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no poneros ninguna carga más que estas impresciendibles…”. Haríamos bien, por ende, en revisar si no deberíamos liberarnos de algunos lastres históricos que no forman parte del depositum fidei y que son un escándalo para la unidad de los cristianos… Cuando algunos católicos dejen de hablar del Sacro Imperio como un añorado dogma de fe y otros dejen de hablar de estatismo como un autoritario dogma de fe… Cuando los católicos hayamos madurado todo esto… Entonces tal vez demos un paso adelante en la unión con los demás cristianos……….

domingo, 29 de octubre de 2017

FILOSOFÍA PARA MI, CAPÍTULO 9: FILOSOFÍA Y SENTIDO DE LA EXISTENCIA



1.  Una larga introducción

Si hemos reiterado frecuentemente el compromiso de la filosofía con la vida, este capítulo tendrá que cumplirlo con todas las letras.

Ante todo, ¿qué existencia? Venimos de ver la relación entre filosofía y lenguaje. Es increíble la cantidad de veces que hablamos cotidianamente de que tal o cual cosa existe o no, y en tantos sentidos diferentes. Decimos, por ejemplo, que en las selvas hay tigres. Gran parte de la lógica actual tiene un modo muy simple de expresarlo: existe al menos un x tal que x es tigre. Ok. Vamos bien. Después decimos “hay un lápiz en mi escritorio”. También queremos decir con ello que ese lápiz existe. O sea, que “está ahí”, “a la mano” (Heidegger), como una cosa a mi servicio. Tal vez el lápiz se pierda y entonces sea reemplazado por otro, sin problema. Decimos también que tenemos una mascota, que es un perro y se llama Fido. Ok, también queremos decir entonces que Fido existe. ¿Es lo mismo que decir que hay perros, como en el ejemplo de los tigres? Veamos: existe al menos un x tal que x es Fido. Oh! Esto ya lo habíamos visto al final del capítulo anterior. El x que existe es Fido. O sea que existe al menos un Fido tal que Fido es Fido. Mm. La cosa se complica. Además, “al menos un Fido”. ¿Puede haber dos? Dos perros diferentes, si. ¿Dos Fidos?

Pero esto no es nada. En el caítulo anterior habíamos terminado “insistiendo” en que nosotros existimos (yo, tú) independientemente de estas complicaciones. Ok, asumamos, aunque muchos colegas se enojen, un punto de partida cartesiano, aunque renovado. Estoy escribiendo este libro, luego, existo. Tú lo estás leyendo, luego, existes. Bueno, eso espero. Hago mis tareas cotidianas, luego, existo. Llego a casa, luego, existo. Duermo, luego, existo. Me canso, luego, existo. Sufro, luego, existo. De repente tengo una buena noticia, luego, existo. Pienso, luego, existo. Si, también. O sea que existimos. No aisladamente, claro, sino en el entramado de relaciones inter-subjetivas que constituyen nuestro mundo.

No nos vamos a preguntar qué significa que existamos, porque de algún modo ya lo sabemos. No totalmente, claro, o no de tal modo que demos respuesta a las preguntas de mis colegas…. (Y eso: ¿sería saber qué significa existir?), pero al menos nos damos cuenta de que “estar existiendo” es el supuesto básico para todo el “conjunto” de nuestra existencia. Creo que a partir de allí podemos re-enfocar la situación. Qué es existir, ya lo sabemos, y, como ya hemos dicho, no lo sabemos si los filósofos nos preguntan qué es, y hemos llegado también a la conclusión de que en ese caso “in-sistimos” en que “existimos” a pesar de esas preguntas (lo más curioso es que esa in-sistencia en nuestra ex – sistencia te la propone un filósofo. ¿Me quitarán la matrícula mis colegas?). Hay otra pregunta de fondo. Otra pregunta inquietante. ¿Por qué existimos?

Pero antes de seguir adelante, ¿tiene importancia esa pregunta? Alguien podría decir: depende de cada quién. Si, claro, detrás de una pregunta está siempre quién pregunta. Pero lo que yo estoy preguntando es: ¿tiene sentido esa pregunta para todos los seres humanos?

Eso depende, creo, de la importancia que tenga la existencia. Algo que a mí me gusta llamar el compromiso existencial con el otro. ¿Te acuerdas del ejemplo del lápiz? El lápiz que se perdió. ¿Tenía importancia? Bueno, podía tener la importancia de un regalo, o la importancia de un instrumento irreemplazable que yo necesitaba. Pero también podía ser el caso, muy frecuente, de un lápiz barato que compré ayer y perdí. Listo, lo reemplazo por otro lápiz barato. El otro, ¿qué importancia tenía? No sé si me explico. Vamos a dar otro ejemplo, pero al revés. Me llama mi madre, porque necesita mi ayuda. Mi existencia, ¿tiene importancia para mi madre? Si. La existencia de mi madre, ¿tiene importancia para mí? Si. ¿Por qué? Porque yo amo a mi madre y por ende tengo un “compromiso” existencial con ella. O sea: su existencia no me es indiferente.

Sólo a partir de allí tiene importancia la pregunta del “por qué”. Nuestra existencia, ¿nos es indiferente? Bueno, espero que no.

¿Por qué existimos? La pregunta, ¿tiene sentido? Hemos dado un paso: nuestra existencia tiene importancia, y si estamos en un mal día y creemos que no, al menos la de algunos otros. Pero aún así: ¿tiene sentido preguntar por qué existimos?

Alguien me podría decir: ok, si, la existencia de mis seres queridos tiene importancia, pero está bien, así lo vivo y listo. La pregunta por el sentido de la existencia no tiene mucho sentido porque ya la sabemos de algún modo. Esto es, seamos francos: todos sabemos que existimos porque nuestros padres nos engendraron. ¿Y por qué? ¡Bueno! No es necesario ninguna historia en especial para darnos cuenta de que hay un margen de causalidad allí: si no se hubieran conocido………… No existiríamos. Y por ende llegamos a una conclusión que no sé si es buena o mala noticia: existimos de casualidad. Pero esa repentina sorpresa da más fuerza, entonces, a la pregunta anterior. ¿Qué sentido tiene una existencia que existe de causalidad? ¿Cuál es el sentido de la vida, si depende de la causalidad del encuentro de nuestros padres, y de nuestros abuelos, y así hasta un big bang originario que también tiene un margen de casualidad?

2.   El avión existencial

No, no el avión presidencial. El existencial. Ya utilicé en otra oportunidad este ejemplo. Supongamos que hubiéramos nacido en un avión en vuelo, un enorme y gran avión. Supongamos que hace mucho tiempo que está en vuelo y que las generaciones se han sucedido en él. Supongamos también que nadie sabe de dónde despegó originariamente, ni quién lo hizo, y supongamos también que tiene combustible para rato, pero limitado. Dentro del avión, hay para entretenerse, hay profesiones para elegir, porque hay que mantener el avión en vuelo: otro supuesto es que no tenemos dónde aterrizar. Dentro del avión también hay grupos filosóficos y religiosos que dicen tener las respuestas y debaten entre sí. ¿Cabe la pregunta del sentido de todo ello? Creo que sí. Y tal vez hay algún filósofo allí dentro que dice: la respuesta es que no hay sentido. Y listo.
¿Y no estamos, acaso, todos en un pequeño planeta que parece haber surgido también de la casualidad de la evolución cósmica?

3.   La contingencia existencial

Ese es precisamente el punto que estamos “circunvolando” todo el tiempo. Existimos pero podríamos no existir. ¿Qué sentido tiene la existencia entonces?
Cualquiera de nosotros, ¿qué era hace 200 años? Nada. ¿A quién amabas? A nadie. ¿De qué sufrías, de qué gozabas? De nada. ¿Con qué te emocionabas? Con  nada. Esa sucesión de “nadas”, ¿no nos revela algo peculiar de nuestro existir?
Existir, para nosotros, es nacer. Qué novedad. Pero por qué nacemos, ya vemos que no sabemos. O sea: podríamos no haber nacido. ¿Y no será esa una señal definitiva de toda existencia? Los filósofos existencialistas insisten en que tenemos la muerte por delante también. O sea que nuestra existencia parece ser un espacio de misterio entre dos nadas, la de la nada anterior y la de la nada posterior. Entre esas nadas, nada nuestra existencia presente, (perdón Carnap[1] J) como en aguas….. Sin mucho sentido.
La conciencia de la propia contingencia existencial es un paso importante. Heidegger la relaciona con una existencia auténtica. Pero su lenguaje a veces atemoriza. Hemos sido arrojados a la existencia y somos un ser “para la muerte”. Woody Allen piensa igual, pero su sentido del humor es precisamente su “fortaleza” ante la radical contigencia existencial. “Le pregunté al rabino por el sentido de la existencia……………”, dice en una de sus maravillosas películas. Lo habíamos citado en la introducción. “El rabino me dijo el sentido de la existencia. Pero me lo dijo en hebreo. No entiendo hebreo…………..”. ¿Ves? Una broma, precisamente para decirte con anestesia que el sentido de la existencia no tiene respuesta…..

4.  Surge el creyente

Pero entonces aparece la fe. El creyente dice: “¡No!!!! Tengo una buena noticia: la existencia tiene sentido!!!! Hemos sido creados por Dios. No estamos arrojados a una existencia sin sentido, sino creados por El, y llamados por El a vivir eternamente con El”.
Ok. Es una respuesta coherente con el planteo anterior, y que podría dar cualquier creyente en las religiones monoteístas tradicionales (judaísmo, cristianismo, islamismo).
Pero tú me puedes decir: un momento. ¿Por qué coherente? ¿Cómo que coherente? El planteo anterior decía que la existencia no tiene sentido, y el creyente dice que sí la tiene. ¿Dónde está la coherencia?
No, prestemos atención. La pregunta por el sentido de la existencia tendría dos respuestas: que la existencia tiene sentido o que no la tiene. Pero ahora debemos distinguir dos cuestiones que mezclamos un poquito. Una cosa es que el agnóstico diga que la existencia no tiene sentido porque no sabe si hay Dios. Y otra cosa es si la pregunta por el sentido tiene sentido. Eso es diferente, porque en ese caso, un agnóstico que advierte la radical contingencia de la existencia humana, comparte (con el creyente) que esa contingencia da sentido a la pregunta por el sentido. O sea, dada la radical contingencia de la existencia, tiene sentido que nos preguntemos “qué sentido tiene algo así”, para luego contestar “ninguno” o “no lo sabemos”. No es la misma respuesta, claro: la segunda es más coherentemente agnóstica.
Cuando el creyente decía “no”[2], no decía “no” a la radical contingen­cia de la existencia. Al contrario, la afirma absolutamente, porque di­ce que hemos sido creados por Dios. O, mejor dicho, que estamos siendo creados por Dios. Justamente, “podríamos no haber sido” y es Dios quien decide que seamos, no nosotros. La contigencia de nuestra existencia implica que estamos colgados sobre la nada, y es Dios quien sostiene la cuerda. Podría soltarla. En eso cree el creyente cuando dice “creación”: en un “sostén” por parte de Dios a nuestra existencia que de por sí no se sostiene. En ese caso, hay también una distinción adicional, que ahora debemos marcar: el paso de una contingencia biológica (“podría no haber nacido”) a una contingencia existencial, más abarcadora (“yo podría no haber sido, y todo podría no haber sido”). Como ves, la contingencia del creyente es aún más radical, y por eso más radical su fe en Dios que sostiene en el ser a lo que radicalmente no se explica por sí mismo. Por supuesto, puede haber un creyente que a su vez incluya con toda sencillez, en el diseño de la creación, a todas las casualidades de este mundo (la historia de nuestros padres, también). Santo Tomás de Aquino fue muy claro en eso (yo estoy de acuerdo con él pero no es el momento de tratarlo).

5.   La sorprendente coincidencia

¿En qué coinciden, por ende, un agnóstico y un creyente sobre la vida humana? En su total contingencia. Por eso coinciden, también, en que la pregunta por el sentido tiene sentido[3]. La respuesta, claro, es diferente. Para unos, la respuesta es que “no hay” sentido o que “no se sabe” (ambas respuestas se mezclan). Para otros, la respuesta es que sí hay sentido, y es Dios. Pero lo interesante es que un agnóstico que haya captado la contingencia de la existencia jamás pondrá en la existencia misma su sentido. No la pondrá como respuesta, sino como interrogante. No será una premisa, sino una curiosa conclusión sin premisas a la vista. La contingencia, la radical contingencia de la existencia, es el punto de intersección entre creyentes y no creyentes. La filosofía, por ende, si algo puede ayudar a ambos, es a que vean ese punto de intersección. Se darán cuenta de que ambos se tomaron en serio la pregunta por la existencia, que no han evitado el bulto, y que no han puesto sus esperanzas donde no las hay.

Bibliografía y filmografía recomendada

w  Blorkman, S.: Woody por Allen; Plot, Madrid, 1995.
w  Schickel, R.: Woody Allen por sí mismo, Robinbook, Buenos Aires, 2005.
w  Allen, W.: Zelig, 1983.
w  Heidegger, M.: Ser y tiempo, Editorial Universitaria, Chile, 1998; Introducción, traducción y notas por Jorge Eduardo Rivera C.
w  Unamuno, M. de: Del sentimiento trágico de la vida, Companía Argentina de Editores, Buenos Aires, 1962.
w  Welte, B.: El hombre entre lo finito y lo infinito; Guadalupe, Buenos Aires, 1983.
w  Fabro, C.: Drama del hombre y existencia de Dios; Rialp, Madrid, 1977.
w  Sciacca, M.F.: Historia de la filosofía, Luis Miracle, Barcelona, 1954: introducción.
w  Santo Tomás de Aquino: Suma Contra Gentiles, libro III.



[1] Filòsofo neopositivista que se enojaba mucho frente a frases de Heidegger tales como “la nada nadea”….
[2] “Pero entonces aparece la fe. El creyente dice: “¡No!!!! Tengo una buena noticia: la existencia tiene sentido!!!!
[3] “….Para empezar, los denominados –es un tèrmino ya muy manido- temas existenciales en mi opinión siguen siendo los ùnicos temas que vale la pena tratar. Cada vez que se trata otros temas se està rebajando los objetivos. Uno puede apuntar hacia cosas muy interesantes, pero para mì no es lo màs profundo. No creo que se pueda aspirar a mayor profundidad que a los denominados temas existenciales, temas espirituales”. Woody Allen, en Blorkman, S.: Woody por Allen, Plot, Madrid, 1995, p. 167.